Hay ropa de moda, autos de moda, películas de moda… Objetos y situaciones que nos condicionan a ser parte de una sociedad que suele decirnos qué hacer y cómo. Y me van a decir que “yo no soy de los que siguen a la moda” ó ” yo hago lo que me gusta y listo”. Sépanlo: nadie está exento. Desde los que se identifican con determinada tribu urbana, los que gustan de un estilo musical, los que se comportan de acuerdo a su grupo de pertenencia, etc. Todos estamos influenciados (consciente o inconscientemente) en algún aspecto. Y seguir la moda, o “estar de moda” no significa necesariamente coincidir con una tendencia mundial, sino que puede ser determinada por un grupo/sector reducido, como por ejemplo la escuela, los amigos, el ambiente laboral, etc.
En este marco existen también expresiones que funcionan como muletillas, otorgando al emisor cierto “status” al mencionarlas.
Tal es el caso de la frase “estoy sólo/a porque elijo estarlo“.
Uno se levanta un día y se encuentra con que en la radio, en la tele, o en las tapas de algunas revistas, personajes de la fauna artística (a veces ni eso) se despachan con esas palabras, logrando el respeto inmediato de sus receptores. Curioso.
Los paradigmas se rompen y con sus pedazos se crean nuevos, es cierto, y aquello que antes no era “correcto”, hoy es lo más natural. Si bien hace algunos años quien a los 25 no estaba establecido con pareja e hijos era considerado un solterón y condenado por la sociedad no como objeto deseable, sino que se adivinaba que “por algo estará solo”, hoy a esa misma figura se la eleva a un nivel de “persona única” que todos quieren tener.
Es cierto, también, que quienes más hacen uso de esta muletilla son las mujeres, tal vez en un acto de reivindicar su independencia, puesto que a la mujer se la ha ubicado históricamente en un lugar de dependencia sentimental donde el hombre era liberal. Ella sólo podía irse del hogar casada, mientras que él podía irse cuando quisiera; ella vivía bajo la estructura “hija de/mujer de”, construyendo un paradigma más parecido a una jerarquía, y él vivía (como efecto de esa jerarquía) siendo su propietario, si quería.
Entonces esta frase, esta posibilidad, llegó como un Teseo al laberinto y aniquiló su Minotauro. “elijo estar solo/a” se convirtió en un estandarte de independencia sentimental/económica, poniendo a su dueño en un lugar poderoso de libertad de “me chupa un huevo”, de “yo no soy de esos giles que precisan estar con alguien para sentirme realizado”.
Pero (siempre hay uno) estas personas tan particulares no siempre tuvieron esta postura, no siempre quisieron estar solos, sino que lo hacen en un determinado momento (no para todos el mismo) que es hijo de antiguas frustraciones. Me explico: la postura de soltería voluntaria es consecuencia del fracaso en sus relaciones amorosas/de pareja. No elijen estar solos por convicción, sino porque no les queda otra. Y acá aprovecho y tiro otra piedra: en verdad, tampoco “elijen”, sino que “optan”.
Según la Real Academia Española, ELECCION es “libertad para obrar“. Es decir que la elección es abierta, sin condiciones ni presiones. En cambio la opción es siempre acotada y dirigida. Ejemplo: el menú de un bar es limitado y limitador. Uno no puede ir y pedir un pionono relleno de calabaza y dulce de leche, porque eso no está en el menú. Por lo tanto uno opta entre lo que le ofrecen, y suele suceder que, de estas opciones, tomamos la que menos nos desagrada. Si hay un lugar al que inevitablemente debemos ir, aunque no queramos, y sólo hay dos caminos: uno lleno de barro y piedras, el otro bastante mejor (incluso con algunas flores), probablemente tomemos el mejor de los dos, pero no porque “elijamos”, sino porque no nos queda otra. “Elección” y “Opción”, aunque funcionen como sinónimos, no significan lo mismo.
De la misma manera, quienes elijen estar solos no lo hacen por elección: es el menor de dos males. Es el camino que se toma cuando se cansan de la frustración, del desengaño, o simplemente de no encontrar a alguien que quiera lo mismo que uno. Es solamente la opción de no volver a ilusionarse para no volver a llorar, de no proyectar con un otro, y (de paso) demostrarle al mundo que somos lo suficientemente fuertes como para bancarnos eso nosotros solitos.

Es un estado de espera, una pausa, hasta que encontremos lo que buscamos.
Pero de ninguna manera es una elección.
La diferencia es sutil, pero existe.

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