Existen, dentro de la categoría de “frases hechas” las preguntas con respuesta obvia. Esas del tipo “¿Viniste?” o “¿Te cortaste el pelo?” cuando uno se apersona en algún lugar o muestra el nuevo look creado por un peluquero. Preguntas que dan lugar a responder sarcásticamente, con el respectivo enojo por parte del interrogador cuando ponemos en evidencia la estupidez de su pregunta. Son como reflejos, cosas que no podemos controlar. Preguntamos por el simple hecho de hacerlo, para inicar una conversación, por educación si se quiere.
Pero de todas las preguntas obvias, hay una que no entiendo, no porque su respuesta sea demasiado obvia, sino porque la pregunta en sí nos dice algo más. Me molesta que, antes de una confesión o un comentario muy personal te pregunten “¿Puedo ser sincero/a con vos?” ¿De verdad se les ocurre hacer esa pregunta? La respuesta claro que es obvia, se cae de madura. Pero también, como dije, hay algo más detrás de esta pregunta: está implicito el mensaje “no estoy seguro que pueda confiar en vos porque hasta ahora no me has demostrado que pueda serlo, así que voy a tomar esta confesión como una prueba presente del tipo de relación que voy a mantener en el futuro con vos”. Pero además también viene en la valija el hecho de creer que, si va a ser sincero ahora conmigo, quiere decir que antes no venía siéndolo, o que no es sincero con los demás, o que necesita permiso para ser sincero con la gente, porque a la gente no le interesa que uno sea sincero, sino que sea interesante, y si tu verdad no es lo suficientemente interesante, entonces mentime que me gusta, y este tipo de pregunta resultaría en “¿Puedo ser sincero con vos, a riesgo de que te aburra mi monocromática vida y mis opiniones poco sustanciales, acompañadas de una inseguridad padre que no me deja salir a la calle si no llevo la cadenita que me regaló mi abuela cuando tenía 9 años y que si la pierdo me muero, y es por eso que cuando opino en realidad lo hago sobre una base que no es mía sino de un personaje que me inventé, asi nadie puede llegar a conocer mi verdadero yo, que ahora mismo estoy dispuesto a develar?”.
Por otra parte, este tipo de pregunta también puede servir como una preparación para algo malo: “¿Puedo ser sincero con vos? Eso te queda horrible”. Y acá pienso que en el resto de las veces que uno pide opinión y no empiezan la respuesta con “¿Puedo ser sincero con vos?” me estaban mintiendo inescrupulosamente. Nunca te dicen “¿Puedo ser sincero con vos? Te queda hermoso, nunca vi nada igual en la vida”. Una traducción un poco más real de esta pregunta en este marco sería “¿Te digo la verdad o seguimos siendo amigos?”. Tanto en las relaciones de pareja, como en las amistades, esta pregunta es una preparación para algo que, en general, no nos va a gustar.
Pero para ir más allá, y poniéndome en el lugar del que escucha esta pregunta, es un insulto a nuestra inteligencia, a nuestro amor propio. ¿Cómo me venís a preguntar si podés ser sincero conmigo? ¿Cómo es que me pedís permiso para decirme la verdad de algo, poniendo en evidencia que hasta ahora me mentiste descaradamente sin pedirme ninguna autorización al respecto? Eso es falta de tacto. Yo diría que prefiero que me pidan permiso para mentirme y no para decirme la verdad (pero si hacemos eso estamos poniendo en evidencia cuándo mentimos, y no tiene gracia. La gracia está en que te mienta y vos te creas que te digo la verdad, salvo cuando te pregunto si puedo ser sincero con vos, que es una advertencia de que ahora sí te voy a decir la verdad, y funciona como garantía de que no te vas a enojar porque ya te pedí permiso de poder decirte cualquier guasada, que está todo bien porque es la verdad y te dije que te iba a decir la verdad y nada más que la verdad, no como antes). Es sospechar que soy demasiado pelotudo como para pedir que yo autorice cuando quiero que me hablen con sinceridad. No es la manera. Entonces me da para pensar en qué lugar de las relaciones interpersonales se encuentra la verdad, qué tipo de verdad manejamos cuando hablamos con el otro. ¿Es una verdad a medias? ¿Una verdad disfrazada? ¿Una verdad impersonal, genérica? La que sea, no creo que sea una verdad verdadera.
Y puede ser que tengamos miedo de decir nuestras verdades, nuestros pareceres, nuestros puntos de vista. Porque el otro es demasiado suceptible y puede no bancarse que le digamos a secas lo feo que es, o que la ropa no le queda bien, o que se está mandando la cagada de su vida al enamorarse de fulano/a, o que tiene los cuernos más grandes de latinoamérica gracias a su pareja, o cualquier etcétera que se nos cruce. El ego de una persona es tan grande como frágil, y tenemos que caminar con cuidado de no pisarlo porque se rompe enseguida ese bastardo. No nos gusta escuchar la verdad aunque la sepamos. A una mujer no le podemos decir que está un poco gorda aunque ella vea que no le entra el pantalón, necesita creer que está hinchada porque recién terminó de comer, porque hace dos dias que no va al baño, porque le vino o le está por venir (aunque le haya venido la semana pasada). Y así somos, medio verdaderos y medio mentirosos, condescendientes con las realidades ajenas y oscuros con las propias. Porque así nos enseñaron a vivir: caminando con cuidado como si estuviéramos en un castillo de arena.
¿Puedo ser sincero con ustedes? Me rompe soberanamente las pelotas tener que pedir permiso para decir lo que pienso, porque del otro lado pueda existir un alma frágil que no la soporte. No es mi problema y, como dice Charly, bancate ese defecto.

